
Llegaron al hotel a la hora del té. Un desfile deseñoras elegantes y caballeros bien vestidos se dirigía hacia el gran salóndonde tenía lugar esta importante ceremonia. Deseoso de librarse de lascarbonillas y de descansar un poco, Adalbert se precipitaba ya hacia losascensores sin mirar ni a derecha ni a izquierda cuando Aldo lo retuvocogiéndolo de la manga.
—¡Fíjate quién está ahí!
Dos damas cruzaban el vestíbulo en dirección alsalón de té, escoltadas por un criado de librea. La de más edad, que caminabaapoyada en el brazo de su acompañante, era la que había llamado la atención deMorosini. Alta y con mucha prestancia, se cubría la cabeza con una toca deterciopelo violeta como las que solía llevar la reina Mary, que enmarcaba unrostro que, pese a estar surcado de arrugas, gracias a su osamenta perfectaconservaba una belleza un poco fósil pero muy real.
—¿La duquesa de Danvers? —susurró Vidal-Pellicorne—.¡Qué curioso!
—Sí, ¿verdad? Si alguien está al tanto de lo que haocurrido en casa de Ferrals, ha de ser ella. Recuerda que, cuando la boda, sirEric la trataba como a un familiar cercano.
—¡Oh, no he olvidado nada! Ya sabemos lo quetenemos que hacer: subir a cambiarnos a toda velocidad y bajar a tomar el té.
Un cuarto de hora después, Aldo y su amigo sepresentaban a la joven vestida de negro y blanco que, a esa hora del díadedicada sobre todo a las mujeres, hacía las funciones de maître. Ambossabían que había que obtener su aprobación antes de poder gozar de las deliciasdel tea time.
