
—Si no tienen mesa reservada desde hace al menostres semanas, no podré acomodarles —dijo ella con una pizca de severidad.
—Somos clientes del hotel —contestó Morosini consu sonrisa más encantadora— y nuestras habitaciones están reservadas desde haceun mes. ¿No basta con eso?
—Es muy posible. ¿Serían tan amables de darme susnombres?
El título principesco hizo su efecto y la damiselase dignó sonreír, pero las exigencias de Aldo iban más allá.
—Señorita, sería el colmo de la gentileza queaceptase colocarnos... cerca de una señora que tenemos el honor de conocer yque hemos visto entrar hace un rato.
La camarera frunció sus rubias cejas.
—¿Una... señora? —dijo con un deje de desprecioque indicaba que para ella se trataba de una especie desconocida—. No tenemospor costumbre...
—No se equivoque, señorita —la interrumpiósecamente Morosini—. Creo que las usanzas del Ritz no tendrán inconveniente enque presentemos nuestros respetos a su excelencia la duquesa de Danvers. Leaseguro que no albergamos malas intenciones hacia su persona.
Colorada como un tomate, la joven murmuró unasvagas excusas y añadió:
—Tenga la bondad de seguirme, alteza.
La suerte estaba de parte de los dos amigos.Después de hacerles atravesar la sala llena de flores y de resplandecientevajilla de plata, donde flotaba el sutil perfume del té lapsang-souchong y delos pasteles, la maître, tal vez para asegurarse de que no le habíanmentido, los condujo a una mesa contigua a la de la duquesa. Aunque en los ojosde la joven brillaba una llamita de desafío que divertía mucho a Morosini, éstatuvo que aceptar lo incontestable: antes de tomar asiento, los dos extranjerossaludaron con respeto a su excelencia, que, después de haberlos observado através de sus impertinentes, lanzó una exclamación de sorpresa:
