
—¡Qué casualidad encontrarlos aquí, caballeros! Nohace ni dos minutos que le hablaba de ustedes a mi prima, lady Winfield, alcontarle el extraño matrimonio de ese pobre Eric Ferrals.
—Muy extraño, en efecto, y que acaba de terminarde un modo todavía más extraño, por lo que dice el periódico. Parece que handetenido a lady Ferrals, ¿no?
—¡Qué acción tan estúpida! ¡Una mujer tan joven,casi una niña! Pero vengan a tomar el té con nosotras, será más fácilconversar.
Al oír esta proposición, ninguno de los doshombres contuvo una amplia sonrisa. Era evidente que el Cielo les favorecía.Mientras la maître llamaba a un camarero para que hiciera los cambiosnecesarios en la mesa, entre los cuatro hubo un intercambio de saludos ypresentaciones, y por fin los dos amigos ocuparon sus asientos.
—Si he captado bien su idea, señora duquesa —dijoAldo, escogiendo la fórmula francesa—, usted no cree en la culpabilidad deAnielka, ¿o me equivoco?
—Siempre tiendo a desconfiar cuando es unsirviente, o al menos un subordinado, el que acusa a una lady.
—¿De modo que existe un acusador?
—Sí, el secretario de sir Eric, John Sutton. Y sutestimonio es rotundo, lo mismo que el de uno de los criados. Lady Ferralshabía ofrecido una aspirina o Dios sabe qué a su esposo, que se quejaba demigraña. Este echó la pastilla en un vaso de whisky con soda... y se desplomóen el suelo. La autopsia ha revelado la presencia de estricnina, de ahí que elefecto haya sido fulminante.
—Desde luego —comentó Aldo, que recordaba lo quehabía leído—, pero ni la botella de whisky ni la de soda contenían venenoalguno. En cambio, el vaso...
—¡No es ningún problema! Alguien echaríadiscretamente el veneno en el vaso. Tal vez un criado —sugirió Vidal-Pellicorne—.¿O por qué no ese tal John Sutton? Los acusadores siempre me resultansospechosos.
—Es imposible —declaró en tono perentorio laduquesa—. En ningún momento el secretario se acercó a sir Eric ni a la bandejadonde todo estaba dispuesto. Así lo he testificado.
