—Entonces, ¿estaba presente?

—Pues sí. Estábamos tomando una copa en eldespacho de ese querido amigo antes de ir a cenar al Trocadero. Si no, ¿cómopodría ser tan categórica? Por descontado, la prensa no ha podido publicarlo;el superintendente Warren, que dirige la investigación, es más reservado queuna ostra y obliga a todo el mundo a callar.

—Por eso es un detalle por tu parte que lescuentes todo eso a estos caballeros, querida prima —terció con voz aflautadalady Winfield, observando a ambos extraños con cierto recelo.

—¡No digas tonterías, Penélope! Todos nosotrospertenecemos al mismo círculo. Verá, querido príncipe, lo que incrimina a lajoven Anielka... demasiado joven, por desgracia..., es que ya hacía semanas queel matrimonio se tambaleaba. Discutían con frecuencia y, al final de aquelterrible día, antes de que yo llegara, había estallado una nueva disputa.Sutton oyó exclamar a lady Ferrals: «¡Esto tiene que acabar algún día! ¡Ya note aguanto!» Y después Eric salió dando un portazo. Cuando nos reunimos todosen su despacho, se quejó de un fuerte dolor de cabeza. Entonces, su jovenesposa, que parecía de humor normal y tal vez un poco arrepentida, le entregóun papelillo contra la migraña que ella misma fue a buscar a su habitación.¿Sería un gesto de buena voluntad? ¿Una insinuación de que deseaba hacer laspaces?

—¿Y sir Eric cayó fulminado inmediatamente despuésde haber bebido el remedio? En fin, yo creo que si lady Ferrals hubiera queridodesembarazarse de su esposo, lo habría hecho de una forma más hábil y sobretodo más reservada —comentó Adalbert, que escuchaba con enorme interés.

—Yo opino lo mismo, al igual que su excelencia—intervino de nuevo lady Winfield—. Me inclino a sospechar de un sirviente.¿Quién sirvió el famoso whisky? ¿El mayordomo? ¿Un criado?

—Un criado que llevaba poco tiempo trabajando en



23 из 315