
—Aunque los periódicos no lo mencionan, espero queel conde Solmanski haya acudido al lado de su hija para apoyarla. Una noticiaasí no puede dejar de desquiciar a un padre —agregó con hipocresía.
—No, de momento no está aquí, pero seguramente notardará en llegar. Cuando sucedió el drama se encontraba en Nueva York, adondehabía ido para asistir a la boda de su hijo con no sé qué heredera de no sé quémagnate, pero ya se ha puesto en camino. En la actualidad debe de estar a bordodel Mauritania, que navega rumbo a Liverpool. Pero se lo ruego, queridosamigos, hablemos de otra cosa. Este terrible suceso me resulta dolorosísimoporque quería mucho a Eric Ferrals, con un sentimiento un poco... maternal.¡Era tan joven cuando lo conocí! Pero volvamos a usted, príncipe. Supongo queha venido a Londres para la subasta del diamante, que tanta tinta ha hechocorrer, ¿no?
Ya repuesto de su emoción, Aldo ahogó un suspiro.Más valía reanudar la conversación mundana y rechazar la imagen de Anielkadefendiendo la causa de un criado que Sutton, pocos minutos después de lamuerte de su esposo, no había dudado en afirmar que era su amante. Se imaginabaa Anielka vestida de luto, sentada en el camastro de una cárcel y pensandoquizás en ese Stanislas salido de quién sabía dónde, pero que ella habíaconseguido imponer a Ferrals por una razón conocida sólo por ella. Aldo, por suparte, no creía en la versión de un gesto de caridad hacia un compatriota enuna situación difícil. Y de súbito, una idea le atravesó la mente, una idea talvez absurda, pero lo bastante insistente como para que Morosini interrumpiera ala duquesa, que mantenía con Adalbert una apasionante conversación sobre lasalhajas egipcias.
