
De momento, Morosini creyó que esa prohibición eraun simple capricho y no la entendió. Pero poco después, cuando conoció a una delas sobrinas políticas del anciano, lo vio claro. Elegante, encantadora pero unpoco inquietante, Mary Saint Albans albergaba en su cabecita rapaz una pasióninsaciable y casi patológica por las piedras preciosas. Durante una prestigiosasubasta en el hotel Drouot de París, Morosini la había visto perder por completoel dominio de sí misma porque en la puja no había podido superar a un miembrode la familia Rothschild. Y cuando Mary Saint Albans había ido a visitar a Aldoen Venecia, casi se había arrojado a sus pies suplicándole que le vendiera lafamosa pulsera, pues estaba convencida —con toda la razón— de que su tíoKillrenan se la había confiado. Desde luego, su petición no tuvo ningún éxito.
Para desembarazarse de la joven, el príncipeanticuario trató de persuadirla de que lord Killrenan no le había entregadonada, y añadió que sin duda había preferido conservar su prenda de amorllevándosela consigo a aquel viaje alrededor del mundo que emprendía sinverdadera intención de regresar. Quizás incluso pensaba dejar la alhaja en laIndia, donde la habían tallado.
Por desgracia, sir Andrew no llegó más allá dePort Said, donde un ladrón, que además era un asesino estúpido, había asaltadosu camarote. ¡Qué final tan siniestro, incluso sórdido, para un hombre queamaba hasta tal punto la inmensidad y la magnificencia!
En eso pensaba Aldo mientras allá abajo, en laribera, los cuatro marineros más fornidos del Robert-Bruce, ayudados porcuatro vigorosos lugareños cuyas nudosas rodillas asomaban por debajo del kiltverde, rojo y negro, izaban el pesado ataúd de cedro sobre sus hombros para
