
transportarlo a la cripta de su antigua y señorial morada. En ese precisomomento, dos gaiteros ataviados con el traje tradicional se llevaron a la bocael tubo de su cornamusa y un sonido estridente sustituyó al de la sirena del barco.Los gaiteros encabezaron el cortejo, seguidos de los demás. El observadorsolitario se limitó a verlos acercarse y a observar cómo los miembros de lacomitiva hacían rodar bajo sus pies las piedrecitas del camino. La cuesta queconducía al castillo era empinada pero estaba en consonancia con él: tambiénera de piedra y los bastos escalones que la jalonaban parecían la continuaciónde los muros adustos del castillo. Killrenan Castle era un alto e impresionanteedificio cuadrado del siglo XII, un torreón que parecía lanzarseal asalto del cielo de las Tierras Altas y que tenía a sus pies, como unajauría de perros tendidos en el suelo, las dependencias formadas por lascuadras, las cocinas y otros servicios, junto con una capilla. Todo esecomplejo seguía en parte encerrado dentro de la muralla que antaño lo protegía.En la actualidad, el castillo esperaba al último de sus descendientes por líneadirecta. Y en cuanto a los sobrinos, que a la sazón caminaban en pos deldifunto, Morosini estaba convencido de que jamás llegarían a estar a la alturade sir Andrew.
El tiempo era benigno en ese mes de septiembre.Cohortes de nubes desfilaban hacia el este, dejando entre ellas grandesdesgarrones azules atravesados por flechas de luz. En honor del último viajeterrestre de Andrew Killrenan, las Tierras Altas se habían adornado con susmejores galas, que resultaban más valiosas por ser las más efímeras, puespronto iban a quedar borradas por las brumas y las nieves del precoz invierno.Constituían una sorprendente sinfonía de tonos malva, índigo, violeta y grisestornasolados entre los que de vez en cuando estallaba, como una flor preciosa,el oro de un ramaje cuya gama de colores iba desde el amarillo pajizo hasta elbermejo oscuro.