La mantendría bastante ocupada para que no tuviera tiempo de ir en busca de algo que pudiera darle otras ideas. Aunque lo deseara. Después de todo, una entrevista personal con el regente, hombre reacio a los medios de comunicación, sería una exclusiva importante para cualquier periodista, sin importar lo formidable que fuera su reputación.

A Hassan los periodistas no lo entusiasmaban tanto como a su secretario, ni siquiera cuando tenían una fachada tan bonita como Rose Fenton.

Cambió de enfoque.

– Dime, Partridge, ya que estás tan bien informado, ¿qué entretenimientos ha preparado mi primo para mantener divertida a la dama durante su estancia aquí? Imagino que tendrá planes para ello, ¿verdad? -la idea era desagradable, pero sabía que si Abdullah la admiraba, era por su cara bonita y su pelo rojo más que por sus habilidades periodísticas. El rápido rubor de Partridge demostró el efecto que surtía la señorita Fenton en los varones impresionables-. ¿Y bien?

– Se han preparado algunas actividades -confirmó-. Un viaje en barco a lo largo de la costa, una celebración en alguna parte del desierto, un recorrido de la ciudad…

– Parece que le van a dar el tratamiento de la alfombra roja. ¿Algo más?

– Bueno, hay un cóctel en la embajada británica, desde luego… -titubeó.

– ¿Por qué me da la impresión de que reservas lo mejor para el final?

– Su Alteza dará una recepción en su honor en palacio.

– Será prácticamente como una visita de estado -sus peores temores se habían confirmado-. Pero es un programa agotador para una mujer convaleciente de neumonía, ¿no te parece?

– Ha estado enferma, Excelencia. Se desmayó mientras realizaba una transmisión en directo desde alguna parte del este de Europa. Yo lo vi. Se desplomó… durante un momento pensé que había recibido el disparo de un francotirador. ¿Qué aspecto tenía ahora? -preguntó con ansiedad-. ¿Usted la vio en el avión?



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