Bosch sabía que Pounds estaba disfrutando de alargar la tensión.

– Si estaba dirigida a mí, ¿cómo sabe lo que dice?

– No la han enviado por correo. Iba sin sobre. Es sólo una página doblada con tu nombre en la parte de arriba. La dejaron en la recepción. Alguien la leyó, y ya puedes imaginarte el resto.

– ¿Qué dice la nota?

– Bueno, no te va a gustar, Harry, el momento es espantoso, pero básicamente la nota dice que te equivocaste de tipo. Que el Fabricante de Muñecas sigue suelto. El autor presume de que es el verdadero Fabricante de Muñecas y que la cuenta de víctimas continúa. Dice que mataste a otro tipo.

– Es mentira. Las cartas del Fabricante de Muñecas se publicaron en el diario y en el libro de Bremmer sobre el caso. Cualquiera puede haber captado el estilo y escrito la nota. No…

– ¿Me tomas por imbécil, Bosch? Ya sé que cualquiera podría haber escrito esto, pero también lo sabe el autor. Por eso ha incluido un pequeño mapa del tesoro. Supongo que puede llamarse así. Pistas hacia el cadáver de otra víctima.

La línea se llenó de un largo silencio mientras Bosch pensaba y Pounds esperaba.

– ¿Y? -dijo Bosch al fin.

– Y envié a Edgar al lugar esta mañana. ¿Te acuerdas del Bing's, en Western?

– ¿Bing's? Sí, al sur del bulevar. Una sala de billar. ¿No lo destrozaron en los disturbios del año pasado?

– Sí -dijo Pounds-. Completamente quemado. Lo saquearon y le prendieron fuego. Sólo quedaron los cimientos de hormigón y tres paredes. Hay una orden municipal de demolición, pero todavía no la han ejecutado. Da igual, el caso es que es ese sitio, según la nota que recibimos. La nota decía que la chica estaba enterrada bajo la losa del suelo. Edgar acudió con una brigada municipal, un martillo neumático, de todo…

Pounds se estaba alargando. Menudo capullo, pensó Bosch. Esta vez aguardó un poco más y cuando el silencio se hizo exasperante, Pounds habló finalmente.



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