
Bosch examinó la zanja junto a la que se hallaban. La cuadrilla del martillo neumático había perforado el suelo y practicado un agujero de unos dos metros y medio de largo por uno veinte de profundidad. A continuación habían excavado en lateral, hacia un gran bloque de hormigón que se extendía noventa centímetros bajo la superficie del suelo. Había un hueco en la piedra. Bosch se agachó para mirar de más cerca y vio que el hueco tenía la silueta de un cuerpo de mujer. Era como un molde para hacer un maniquí de escayola. Pero estaba vacío por dentro.
– ¿Dónde está el cuerpo? -preguntó Bosch.
– Ya se han llevado lo que quedaba de él -dijo Edgar-. Está en una bolsa, en la furgoneta. Estamos pensando en una forma de llevarnos de aquí esta pieza del suelo sin que se rompa.
Bosch miró en silencio al agujero durante unos segundos antes de levantarse de nuevo y buscar un camino para salir del amparo de la lona. Larry Sakai, el investigador forense, lo siguió hasta la furgoneta azul y abrió el portón. El calor era sofocante en el interior de la furgoneta y el olor del aliento de Sakai era más fuerte que el del desinfectante industrial.
– Supuse que te llamarían -dijo Sakai.
– ¿Ah sí? ¿Cómo es eso?
– Porque parece del puto Fabricante de Muñecas.
Bosch no dijo nada para no dar a Sakai ninguna indicación de confirmación. Sakai había trabajado en varios de los casos del Fabricante de Muñecas, cuatro años atrás. Bosch sospechaba que era el responsable del nombre que los medios de comunicación le habían puesto al asesino en serie. Alguien había filtrado los detalles del uso repetido de maquillaje en los cadáveres a uno de los presentadores del Canal 4. El presentador bautizó al asesino como el Fabricante de Muñecas. Después de eso, todo el mundo empezó a llamarlo así, incluso los polis.
Pero Bosch siempre había detestado ese nombre. No sólo decía algo acerca del asesino, sino también acerca de las víctimas. Las despersonalizaba, y con ello facilitaba que las historias del Fabricante de Muñecas, o el Maquillador como también lo llamaron, que se transmitían por todas las cadenas fueran un producto de entretenimiento en lugar de algo espantoso.
