
– Examinemos los hechos: tenemos a una hermosa joven de veintiocho años casada con un insulso consignatario cuatro años mayor que ella y viviendo en una anodina calle de un aburrido barrio residencial al este de Londres. ¿Dudas de que encontraba consuelo en una vida imaginaria?
– No tenemos ninguna prueba de que Thompson fuese insulso. No estarás sugiriendo el aburrimiento como una justificación para el asesinato, ¿verdad?
– Se me ocurren motivos menos verosímiles, jovencito. Edith Thompson es inteligente además de atractiva, y trabaja como encargada de una empresa de sombreros de señora en la City, lo que en aquellos tiempos significaba algo. Se va de vacaciones con su marido y su hermana, conoce a Frederick Bywaters, un sobrecargo de la línea de ferris P &O ocho años más joven que ella, y se enamora perdidamente. Mientras él está embarcado, ella le escribe apasionadas cartas de amor que, para cualquier persona falta de imaginación, sin duda podrían interpretarse como una incitación al asesinato. La mujer sostiene que le ha puesto bombillas machacadas a Percy en la sopa, la probabilidad de lo cual fue descartada en el juicio por el patólogo forense Bernard Spilsbury. Y luego, el 3 de octubre de 1922, tras una velada en el teatro Criterion de Londres, mientras caminan de regreso a casa, Bywaters aparece de repente y mata a Percy Thompson a puñaladas. Se oye a Edith Thompson gritar: «¡No lo hagas, no lo hagas!» Pero las cartas la inculpaban, por supuesto. Si Bywaters las hubiese destruido, todavía estaría viva.
– Lo dudo -repuso Dalgliesh-. Tendría ciento ocho años. Pero ¿podrías justificar que se trata de un crimen específico de mediados del siglo xx? El marido celoso, el amante más joven, la dependencia sexual… Podría haber sucedido cincuenta o cien años antes. Podría suceder hoy.
– Pero no exactamente del mismo modo. Para empezar, cincuenta años antes ella no habría tenido la oportunidad de trabajar en la City.
