
Además, parecía probable que la idea persistiese.
– ¿Y no existe una convención -prosiguió- según la cual en el palacio de Westminster jamás muere nadie? ¿No meten el cadáver en la ambulancia con unas prisas indecentes y luego aseguran que el deceso se produjo camino del hospital? Vaya, eso sí arrojaría algunas pistas interesantes sobre la hora real de la muerte. Si fuese una cuestión de herencia, por ejemplo, el tiempo sería importante. Ya tengo el título, por supuesto: Muerte en la Cámara de los Lores.
– Eso llevaría muchísimo tiempo. Mejor será que te ciñas al asesinato como paradigma de su época. ¿Qué esperas encontrar en el Dupayne?
– Inspiración, quizá, pero sobre todo información. La Sala del Crimen es excepcional. Ese no es su nombre oficial, por cierto, pero así es como todos nos referimos a ella. Hay reportajes de la prensa de la época sobre el crimen y el juicio, fotografías fascinantes incluyendo algunas originales y reconstrucciones de la escena del crimen. No entiendo cómo el viejo Max Dupayne logró echarle el guante a todo eso, pero me consta que no siempre era escrupuloso cuando se trataba de adquirir lo que quería. Y por supuesto, el interés del museo en los asesinatos coincide con el mío. La única razón por la que el anciano creó la Sala del Crimen fue para relacionar el crimen con su época, de lo contrario habría visto cómo la sala le hacía el juego al depravado gusto popular. Ya he escogido mi primer caso; es el más obvio: la señora Edith Thompson. Lo conoces, por supuesto.
– Sí, lo conozco.
Cualquier persona interesada en los asesinatos de la vida real, los defectos del sistema de justicia criminal o el horror y las anomalías de la pena capital conocía el caso Thompson-Bywaters, que había generado novelas, obras de teatro, películas y su ración de artículos periodísticos que rezumaban indignación moral.
Ajeno, al parecer, al silencio de su compañero, Ackroyd siguió parloteando alegremente.
