
Dalgliesh permaneció en silencio. Desde que a los once años había leído por primera vez la historia de aquella mujer deshecha y drogada a quien habían tenido que llevar casi a rastras al patíbulo, el caso había permanecido agazapado en un rincón de su memoria, latente como una culebra enroscada. No es que el pobre Percy Thompson hubiese merecido la muerte, pero ¿acaso se merecía nadie lo que su viuda había sufrido aquellos últimos días en la celda de los condenados a muerte, cuando al fin cayó en la cuenta de que fuera había un mundo real aún más peligroso que sus fantasías y que en él había hombres que, en un día concreto y a una hora concreta, la sacarían y le partirían el cuello judicialmente? Aun cuando todavía era un crío, el caso había reafirmado su postura radical contra la pena de muerte. Se preguntó si había ejercido una influencia más sutil y persuasiva la convicción, jamás expresada pero cada vez más arraigada en su intelecto, de que las pasiones fuertes debían estar sujetas a la voluntad, de que un amor caracterizado por la entrega total podía ser peligroso y el precio a pagar demasiado alto. ¿No era eso lo que le había enseñado el viejo y experimentado sargento, ahora ya retirado, cuando era un joven aspirante al Departamento de Investigación Criminal?
