
Decidió apartar de su mente el caso Thompson-Bywaters y volvió a concentrarse en lo que le decía Ackroyd.
– He encontrado mi caso más interesante. Todavía sigue sin resolver, y es fascinante por los elementos que combina, absolutamente típico de los años treinta. No podría haber sucedido en ningún otro momento, al menos del modo en que sucedió. No me cabe duda de que lo conocerás: se trata del caso Wallace. Se han escrito muchas páginas sobre él. En el Dupayne está toda la documentación.
– Lo presentaron una vez en un curso de formación en Branshill, cuando acababan de nombrarme detective inspector. Constituía un ejemplo de cómo no llevar a cabo la investigación de un asesinato. No creo que lo incluyan en la actualidad; seguramente elegirán casos más recientes y relevantes. No andan escasos de ellos, por cierto.
– Así que conoces los hechos. -La decepción de Ackroyd era tan evidente que Dalgliesh se sintió incapaz de impedir que se explayase.
– Refréscame la memoria.
– Corría el año 1931. En el plano internacional, fue el año en que Japón invadió Manchuria, se proclamó la República en España, se produjeron fuertes disturbios en la India y Cawnpore sufrió uno de los peores brotes de violencia interna de la historia del país, Anna Pavlova y Thomas Edison murieron y el profesor Auguste Piccard fue el primer hombre en alcanzar la estratosfera en un globo. En nuestro país, el National Government fue reelegido en las elecciones de octubre, sir Oswald Mosley concluyó la formación de su New Party, y había dos millones setecientos cincuenta mil desempleados. No fue un buen año. Como ves, Adam, he hecho bien mis deberes. ¿A que te he impresionado?
– Mucho. Es una proeza formidable de la memoria, pero no entiendo qué relevancia tiene para un asesinato típicamente inglés en un barrio de las afueras de Liverpool.
– Así puede enmarcarse en un contexto más amplio. Aunque quizá no lo utilice cuando me ponga a escribir. ¿Sigo? ¿No te estaré aburriendo?
