
– Por favor, sigue. Y no, no me estás aburriendo.
– Las fechas: lunes 19 y martes 20 de enero. El presunto asesino: William Herbert Wallace, cincuenta y dos años, agente de seguros de la compañía Prudential, un hombre con gafas, ligeramente cargado de espaldas, de aspecto anodino que vive con su esposa, Julia, en el número 29 de la calle Wolverton de Anfield. Pasaba los días yendo de casa en casa recaudando el dinero de los seguros. Un chelín por aquí, otro chelín por allí en mitad de un día lluvioso y el final inevitable. Típico de su época. Aunque el dinero apenas te alcance para comer, sigues poniendo un poquito cada semana para asegurarte de que te podrás pagar un entierro decente. Vives en la miseria, pero al menos al final podrás organizar una especie de espectáculo. Nada de ir a toda prisa al crematorio para salir de nuevo al cabo de un cuarto de hora porque si no el siguiente cortejo fúnebre empezará a aporrear la puerta.
»Estaba casado con Julia, de cincuenta y dos años, extracción social un poco superior, rostro delicado, buena pianista. Wallace tocaba el violín y a veces la acompañaba en el salón delantero. Al parecer, no era demasiado bueno: si se hubiese puesto a raspar las cuerdas con entusiasmo mientras ella tocaba, tendríamos un móvil para el asesinato, pero con otra víctima. Bueno, el caso es que se les conocía por ser una pareja muy unida, pero ¿quién sabe? No te estoy distrayendo de la conducción, ¿verdad que no?
Dalgliesh recordó que Ackroyd, que no sabía conducir, siempre había sido un pasajero aprensivo.
– En absoluto.
– Llegamos a la tarde del 19 de enero. Wallace jugaba al ajedrez y tenía que ir a jugar una partida al Club Central de Ajedrez, que se reunía en una cafetería del centro de la ciudad los lunes y los jueves por la tarde. Ese lunes recibieron la llamada de un hombre preguntando por él.
