No había ninguna prueba física que lo relacionase con el homicidio. Lo interesante es que las pruebas, las pocas que había, podían apoyar tanto la base de la acusación como la de la defensa, en función de cómo se optase por examinarlas. La llamada al café se había realizado desde una cabina cercana a la calle Wolverton a la hora en que Wallace habría estado pasando por allí. ¿Era porque la había efectuado él mismo o porque el asesino estaba esperando para asegurarse de que Wallace iba camino del club? En opinión de la policía, había estado increíblemente tranquilo durante la investigación, sentado en la cocina con el gato en el regazo, sin dejar de acariciarlo. ¿Era porque le traía sin cuidado o, por el contrario, porque se trataba de un hombre estoico que ocultaba sus emociones? Además, había que considerar las repetidas pesquisas para averiguar dónde estaba la dirección que le habían dado: ¿era una nueva coartada, u ocurría que Wallace, quien se tomaba muy en serio su trabajo de agente de seguros, no se rendía fácilmente?

Mientras esperaba en la cola de otro semáforo, Dalgliesh recordó el caso con mayor nitidez. Si la investigación había sido un caos, el juicio no le había ido a la zaga: el juez había recapitulado a favor de Wallace, pero el jurado lo había condenado, veredicto al que llegó en apenas una hora. Wallace apeló y el caso de nuevo hizo historia cuando el tribunal aceptó la apelación alegando que su culpabilidad no estaba probada más allá de toda duda razonable; en resumidas cuentas, que el jurado se había equivocado.

Ackroyd siguió charlando animadamente mientras Dalgliesh fijaba su atención en la carretera. Ya había supuesto que el tráfico sería intenso, pues el trayecto de regreso a casa los viernes empezaba cada año más temprano, con una congestión agudizada por las familias que salían de Londres en dirección a sus casitas de fin de semana. No habían llegado a Hampstead todavía cuando Dalgliesh ya se estaba arrepintiendo de haber cedido al impulso de ver el museo y estaba calculando mentalmente las horas perdidas.



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