
– No vayas tan deprisa, Adam -sugirió Ackroyd-, o nos pasaremos la calle. No se ve fácilmente. Ahora estamos llegando, a unos treinta metros a la derecha.
Desde luego, no era una calle fácil de localizar y, puesto que implicaba girar a la derecha cruzando el tráfico, tampoco resultaba sencillo entrar en ella. Dalgliesh vio una verja abierta y detrás de ésta un camino de entrada flanqueado por una enramada espesa y árboles frondosos. A la izquierda de la entrada había un tablón negro clavado en la pared con una indicación pintada en blanco: museo dupayne. por favor, conduzcan despacio.
– No me parece una invitación -comentó Dalgliesh-. ¿Es que no quieren visitantes?
– No estoy seguro de que los quieran, al menos no en grandes cantidades. Max Dupayne, que fundó este lugar en 1961, lo consideraba una especie de pasatiempo privado. Estaba fascinado, o mejor dicho, obsesionado, con el periodo de entreguerras. Coleccionaba cualquier cosa relacionada con los años veinte y treinta, lo cual explica algunos de los cuadros: pudo comprar antes de que creciese la cotización de los artistas. También adquirió las primeras ediciones de todos los novelistas importantes y de aquellos a quienes consideraba que valía la pena coleccionar. Ahora la biblioteca tiene un gran valor. En principio, el museo estaba dirigido a las personas que compartían su pasión, y esa visión del lugar ha influido en la generación actual. Es posible que las cosas cambien ahora que Marcus Dupayne se ha hecho con el control. Acaba de retirarse de la administración pública. Puede que vea el museo como un reto.
