Dalgliesh recorrió una entrada asfaltada tan estrecha que dificultaba el paso para dos coches. A cada lado había una delgada franja de césped y, más allá, un seto espeso de rododendros. Tras éstos, unos árboles altos y delgados, con las hojas amarillentas, contribuían con su presencia a la penumbra del camino. Pasaron junto a un joven arrodillado en el césped en compañía de una mujer mayor de facciones angulosas que estaba de pie junto a él como si dirigiese su trabajo. Entre ambos había una canasta de madera, y parecía que estuviesen plantando bulbos. El chico levantó la vista y los siguió con la mirada mientras pasaban, pero la mujer apenas si se fijó en ellos.

El camino giró hacia la izquierda antes de enderezarse de nuevo, y entonces el museo apareció de pronto ante ellos. Dalgliesh detuvo el coche y se pusieron a contemplarlo en silencio. El camino se dividía para rodear una extensión circular de césped con un arriate central de arbustos, más allá de la cual se alzaba un edificio simétrico de ladrillo, elegante, arquitectónicamente impresionante y mayor de lo que Dalgliesh había esperado. Tenía cinco miradores -el del centro muy adelantado-, dos ventanales, uno encima del otro, cuatro ventanas idénticas en los dos niveles inferiores a cada lado del saledizo central y dos más en el tejado a cuatro aguas. Una puerta acristalada pintada de blanco estaba ubicada en medio de una intrincada composición de ladrillos. El comedimiento y la simetría absoluta del edificio conferían a éste un aire discretamente imponente, más institucional que hogareño. Sin embargo, había un rasgo poco común: donde habría cabido esperar pilastras había una serie de tablas empotradas con capiteles de ladrillo ornamentado que ponían la nota de excentricidad en una fachada que, por lo demás, era tremendamente uniforme.



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