
– Adam, ¡cuánto me alegro de verte! Me preguntaba si estarías en tu despacho, pero no quería llamar. Me intimida demasiado, amigo mío. No estoy seguro de que me dejasen entrar ni de si saldría si lo hiciesen. He estado almorzando en un hotel de Petty France con mi hermano. Viene a Londres una vez al año y siempre se hospeda allí; es un católico apostólico romano recalcitrante y el hotel le queda muy cerca de la catedral de Westminster. Lo conocen y son muy tolerantes.
«¿Tolerantes respecto a qué?», se preguntó Dalgliesh. Y, ¿se estaba refiriendo Ackroyd al hotel, a la catedral o a ambos?
– No sabía que tuvieses un hermano, Conrad -dijo.
– Pues apenas soy consciente de ello; nos vemos tan de vez en cuando… Es una especie de recluso. Vive en Kidderminster -añadió, como si ese dato lo explicase todo.
Dalgliesh estaba a punto de murmurar una diplomática excusa para su marcha inminente cuando su interlocutor dijo:
– Supongo, jovencito, que no lograré torcer tu voluntad para que se ajuste a la mía, ¿cierto? Quiero pasar un par de horas en el Museo Dupayne de Hampstead. ¿Por qué no vienes conmigo? Conocerás el Dupayne, claro…
– He oído hablar de él, pero nunca lo he visitado.
– Pues deberías, deberías. Es un lugar fascinante. Dedicado al periodo de entreguerras, entre 1919 y 1938; pequeño, pero exhaustivo. Tienen algunos buenos cuadros: Nash, Wyndham Lewis, Ivon Hitchens, Ben Nicholson… A ti te interesaría sobre todo la biblioteca: primeras ediciones, hológrafos y, por supuesto, los poetas de entreguerras. Ven, anda.
– En otra ocasión, tal vez.
– Las ocasiones casi nunca vuelven a presentarse, ¿no te parece? Pero ahora te he atrapado, considéralo una obra del destino. Estoy seguro de que tienes el Jaguar guardado en algún aparcamiento municipal subterráneo. Podemos ir hasta allí.
– Querrás decir que puedo llevarte.
– Y volverás conmigo al Swiss Cottage a tomar el té, ¿a que sí? Nellie nunca me lo perdonaría si no vinieses.
