– ¿Cómo está Nellie?

– Estupendamente, gracias. Nuestro médico se jubiló el mes pasado. Después de veinte años juntos, fue una separación triste. Sin embargo, su sucesor parece entender nuestras constituciones físicas y en el fondo tal vez sea mejor contar con alguien más joven.

El matrimonio de Conrad y Nellie Ackroyd estaba tan consolidado que muy pocas personas se molestaban en preguntarse por su incongruencia y se regodeaban cayendo en la especulación lasciva sobre su posible consumación. Físicamente, no podían haber sido más distintos, pues Conrad era regordete, bajito y moreno, con ojos brillantes e inquisitivos, y se movía con tanto brío como un bailarín sobre unos piececillos ágiles, mientras que Nellie era al menos ocho centímetros más alta que él, plana y de tez pálida, y llevaba el cabello rubio entrecano recogido en unas espirales trenzadas a los lados de la cabeza, que semejaban auriculares. Su afición consistía en coleccionar primeras ediciones de historietas de colegialas de las décadas de los veinte y los treinta; su colección de Angela Brazil estaba considerada única. Las debilidades de Conrad y Nellie eran su casa y su jardín, las comidas -Nellie era una cocinera magnífica-, sus dos gatos siameses y la leve condición de hipocondríaco de Conrad. Este todavía dirigía y editaba The Paternoster Review, de la que también era dueño, famosa por la virulencia de sus críticas y artículos sin firma. En su vida privada era el más amable de los Jekyll, y en su papel editorial, un impenitente Hyde.

Cierta cantidad de amigos cuyas vidas voluntariamente sobrecargadas de trabajo y agobios les impedían disfrutar de todos los placeres a excepción de los necesarios, encontraban aun así tiempo para tomar el té con los Ackroyd en su casa eduardiana de Swiss Cottage, con su confortable sala de estar y su ambiente de complacencia ajena a la esclavitud del tiempo.



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