
Dalgliesh asistía a esas reuniones de vez en cuando. La merienda era un ritual nostálgico y sin prisas: las delicadas tazas alineadas con sus manos, los bocadillos de pan integral delgado con mantequilla y pedacitos de pepino y las tartas caseras de fruta y bizcocho hacían su esperada aparición, servidos por una sirvienta mayor que habría sido un auténtico regalo para cualquier director de reparto que reclutase actores para un culebrón de ambiente eduardiano. Para los visitantes de edad más provecta, el té evocaba recuerdos de una época más pausada y, para todos, la efímera ilusión de que el peligroso mundo que los rodeaba era igual de susceptible que aquella atmósfera hogareña al orden, la razón, el bienestar y la tranquilidad. Pasar las primeras horas de la tarde de cháchara con los Ackroyd era, en los tiempos que corrían, un exceso demasiado indulgente para con uno mismo. Pese a todo, Dalgliesh sabía que no iba a resultar fácil encontrar una excusa plausible para negarse a llevar a su amigo en coche hasta Hampstead.
– Será un placer llevarte al Dupayne -afirmó-, pero si planeas pasar mucho rato allí tal vez no pueda quedarme.
– No te preocupes, amigo mío. Tomaré un taxi de vuelta a casa.
Dalgliesh sólo tardó unos minutos en recoger los papeles que necesitaba de su despacho, escuchar de labios de su secretario lo ocurrido durante su ausencia y sacar su Jaguar del aparcamiento subterráneo. Ackroyd estaba de pie cerca de la señal giratoria con el aspecto de un niño que esperara obedientemente a que los adultos lo recogiesen. Se arrebujó con cuidado en su capa, subió al coche soltando unos gruñidos de satisfacción, forcejeó con impotencia con el cinturón de seguridad y, dándose por vencido, dejó que Dalgliesh se encargase de abrocharlo. Recorrían Birdcage Walk cuando habló.
– Te vi en South Bank el sábado pasado. Estabas de pie contemplando el río en compañía de una joven guapísima, si me permites el comentario.
– Si hubieras subido te la habría presentado -dijo Dalgliesh sin mirarlo ni alterar el tono de voz.