– No, Conrad, no estoy enfermo.

– Precisamente ayer Nellie comentó que no te vemos nunca. Estás demasiado ocupado encabezando esa brigada de nombre inofensivo creada para resolver los asesinatos de naturaleza sensible. Suena extrañamente burocrático; ¿cómo define uno los asesinatos de naturaleza insensible? Aun así, todos sabemos lo que significa. Si el presidente de la Cámara de los Lores aparece muerto de una brutal paliza en salto de cama y con peluca en su woolsack del Parlamento, llamad a Adam Dalgliesh.

– Me parece que no. ¿Te imaginas que le den una brutal paliza mientras la cámara está reunida, sin duda mientras algunas de Sus Señorías contemplan la escena con satisfacción?

– Pues claro que no; sucedería después de que se hubiese levantado la sesión.

– Entonces, ¿por qué iba a estar sentado en el woolsack?

– Lo habrían asesinado en alguna otra parte y habrían trasladado el cadáver. Deberías leer novelas de detectives, Adam. En la actualidad, los asesinatos de la vida real, aparte de estar a la orden del día y de ser, y perdóname el comentario, un poco vulgares, coartan la imaginación. Pese a todo, trasladar el cadáver sería un problema; requeriría grandes dosis de planificación. No creo que funcionase.

Ackroyd hablaba con pesadumbre. Dalgliesh se preguntó si su siguiente entretenimiento sería escribir novelas policiacas. En ese caso, habría que disuadirlo. El asesinato, real o ficticio, y en cualquiera de sus manifestaciones, era aparentemente un entretenimiento poco probable para Ackroyd, pero la curiosidad de éste siempre había abarcado muchos temas, y, una vez seducido por una idea, la perseguía con el entregado entusiasmo de un experto obsesionado con ella durante toda su vida.



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