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Estambul era una ciudad en la que todo el mundo, desde el sultán hasta el último mendigo, pertenecía a alguna parte… a un gremio, a un barrio, a una familia, a una iglesia o a una mezquita. Dónde vivían, el trabajo que hacían, cómo les pagaban, cómo se casaban, nacían o eran enterrados, los amigos que tenían, el lugar en que rendían culto a su Dios… Todas estas cosas les venían dadas, por así decirlo, mucho antes de que formaran una pelota con sus puñitos y respiraran su primera bocanada de aire en Estambul; un aire cargado de almuecines, del olor del mar, y del perfume de los cipreses, de las especias y de las alcantarillas.

Los recién llegados -los extranjeros especialmente- a menudo se quejaban de que la vida en Estambul estaba muy compartimentada. Observaban la disposición como en harén de las casas, los lisos muros de las calles, cómo los comerciantes se amontonaban en una calle o una sección del bazar. Frecuentemente sentían claustrofobia. Los residentes de la parte más antigua de Estambul estaban acostumbrados a la confusa atmósfera, de calidez humana y a la vez de chismorreos, que los rodeaba desde la cuna y los seguía hasta la tumba. En aquella ciudad, eso Yashim lo sabía muy bien, incluso los muertos pertenecían a alguna parte.

Deslizó su pulgar por el borde de la mesa; se le ocurrió, y no por primera vez, que, de todo Estambul, él podía ser la excepción que confirmaba la regla. A veces se sentía más como un fantasma que como un hombre; su invisibilidad le dolía. Incluso los mendigos tenían un gremio que les prometía ocuparse de su entierro. Los eunucos corrientes del Imperio, que servían de carabinas, escoltas, guardianes… eran todos miembros de una familia. Muchos pertenecían a la mayor familia de todas, y vivían y morían al servicio del sultán. Yashim, por una temporada, había servido en el palacio del sultán; pero sus talentos eran demasiado grandes para que se sintiera cómodo retenido allí, entre las mujeres del harén y los secretos del sanctasanctórum del sultán. De manera que Yashim había elegido entre la libertad y la pertenencia; y un agradecido sultán le había otorgado esa libertad.



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