
– ¿Qué le ha pasado a Giorgos?
– Hay judías hoy… ¡A los precios de ayer!
– Dicen que os vais a hacer cargo de su puesto.
– A cinco, eh, a cinco, effendi.
– Una oka de calabacines, por favor.
El hombre recogió los calabacines en su platillo.
– He oído que tuvo un accidente. ¿Cómo pasó?
– Los calabacines.
Cuando Constantinedes inclinaba el platillo sobre el cesto de Yashim, éste lo agarró por el borde y suavemente volvió a alzar su nivel.
– Soy amigo suyo. Si tuvo un accidente, quizás pueda ayudar.
Constantinedes frunció los labios pensativamente.
– Puedo preguntar al cadí -dijo Yashim con calma, y dejó ir el platillo.
El cadí era el funcionario que regulaba el mercado. Los calabacines cayeron en el cesto.
– Quédate el cambio.
El hombre vaciló, luego recogió las dos monedas sin mirarlas y las dejó caer en la bolsita de lona que llevaba en la cintura.
– Cinco minutos -dijo quedamente.
4
Yashim removió el café y esperó con calma a que el poso se asentara. Constantinedes se llevó la taza a los labios.
– Todos tenemos que hacer una elección. No queremos problemas, ¿sabe?
– Sí. ¿Está bien Giorgos?
– Quizás. Yo no pregunto.
– Pero tú te quedarás con su puesto.
– Escuche. Esto pasó entre ellos y Giorgos. No nos meta a nosotros. Estoy hablando con usted porque era amigo suyo.
– ¿Quiénes son ellos?
El hombre apartó su café y se puso de pie.
– Un poco de todo, y se acabó. -Se inclinó para coger algo del suelo y Yashim oyó que susurraba-: La Hetira. Yo lo dejaría, effendi.
Regresó a su tenderete, dejando a Yashim en su contemplación de los gruesos y brillantes posos de su taza de café, preguntándose dónde había oído aquel nombre anteriormente.
