
Con la libertad habían llegado responsabilidades que Yashim se esforzaba por cumplir. Pero también la soledad. Ni su condición, ni su profesión le daban el derecho a esperar ver su propio reflejo en otro par de ojos. Todo lo que tenía eran sus amigos.
Giorgos era un amigo. Pero ¿qué sabía realmente sobre Giorgos? Ni siquiera sabía dónde vivía. Ignoraba dónde había tenido el accidente. Pero estuviera donde estuviese, vivo o muerto, alguien en la ciudad lo sabía. Hasta los muertos pertenecen a alguna parte.
– ¿Giorgos? Nunca le pregunté -dijo el dueño del tenderete de al lado, rascándose la cabeza-. ¿En Yildiz? ¿En Dolmabahçe? En algún lugar del Bosforo, estoy totalmente seguro. Siempre viene andando del muelle Eminonu.
Uno de los barqueros de Eminonu, que descansaba su atlético cuerpo sobre el erguido remo de un frágil esquife, reconoció a Giorgos por la descripción de Yashim. Lo llevaba al Bosforo la mayoría de las noches, dijo. Dos noches antes, un grupo de griegos habían aparecido por el muelle pidiendo que los llevara por el Cuerno hacia Eyüp; estuvieron discutiendo un rato porque él no quería renunciar a su tarifa regular. Recordó también que debía de haber sido después del crepúsculo, porque las farolas estaban encendidas y observó que los braseros ardían en la costa de Pera, donde los vendedores de mejillones estaban preparando sus cucuruchos de la noche.
Yashim le ofreció una propina, unas moneditas de plata que el barquero se guardó sin mirarlas, reprimiendo cortésmente un reflejo que era una segunda naturaleza para la mayor parte de comerciantes de la ciudad. Entonces Yashim volvió sobre sus pasos, hacia el mercado, preguntándose si tal vez se encontraba en una de aquellas estrechas calles donde Giorgos había sufrido su accidente.
