
El sonido del agua cayendo llamó su atención. A través de un portal, situado a más altura que el nivel de la calle, captó el vislumbre de un patio con trozos de una tela deslumbrante puesta a secar sobre un arbusto de romero. Vio el festoneado borde de una fuente. La puerta se balanceó y se cerró. Pero entonces Yashim supo dónde podía encontrar a Giorgos.
Casi diez años después de que el sultán le hubiera dicho a sus súbditos que vistieran todos de la misma manera, Giorgos se aferraba al tradicional gorro azul, sin ala, y babuchas negras que lo identificaban como griego. En una ocasión, cuando Yashim le preguntó si pensaba adoptar el fez, Giorgos le respondió irguiéndose con rigidez:
– ¿Qué? ¿Crees que voy a vestir para sultanes y pachás toda mi vida? ¡Bah! Como estas flores de calabacín, ¡yo llevo lo que llevo porque soy lo que soy!
Yashim no le había vuelto a preguntar al respecto nunca más; y tampoco Giorgos había hecho ninguna observación sobre el turbante de Yashim. Se había convertido en una especie de signo secreto entre ellos, una fuente de silenciosa satisfacción y mutuo reconocimiento entre ellos, y entre todos los demás que daban de lado el fez, y seguían vistiendo como antes.
Aquella puerta que daba a la calle le había dado a Yashim una idea. Una iglesia se alzaba en la calle paralela con aquella por la que él estaba fatigosamente subiendo hacia el mercado. Un grupo de discretos edificios formaban un complejo alrededor de la iglesia, donde unas monjas vivían en dormitorios, comían en un refectorio y también dirigían un dispensario y un hospital de beneficencia para enfermos incurables. Si su amigo había sido encontrado en la calle después de su accidente, sería a esa puerta, sin la menor duda, adonde lo habrían traído, gracias a su gorro azul y sus negros zapatos.
Pero la puerta permaneció cerrada, a pesar de sus llamadas; y en la iglesia, cuando finalmente llegó a ella, tuvo que superar las sospechas de un joven sacerdote griego que sin duda había sido criado en un imperecedero odio por todo lo que Yashim podía representar.
