El turbante del conquistador, la ascendencia de la media luna en la ciudad santa de la Cristiandad ortodoxa, y el derecho a intervenir en sus asuntos. Pero cuando finalmente pasó más allá del retablo y a través de la puerta de la sacristía, se encontró con una vieja monja que asintió, y que dijo que, en efecto, habían dejado a un griego a su puerta justo dos noches antes.

– Está vivo, por la voluntad de Dios -dijo la monja-. Pero está muy grave.

El pabellón estaba bañado por una fría luz verde y olía a jabón de aceite de oliva. Había cuatro catres de madera y un amplio diván; todos los catres estaban ocupados. Yashim instintivamente se llevó la manga a la boca, pero la monja le tocó el brazo y le dijo que no se preocupara, que no había posibilidad de contagio alguno.

Los negros zapatos de Giorgos descansaban en el suelo, a los pies de su camastro. Giorgos tenía la mandíbula y media cara envuelta en vendajes, que continuaban por sus hombros y alrededor de su fornido pecho. Uno de sus brazos -el izquierdo- sobresalía rígidamente del catre, entablillado y vendado. Respiraba con dificultad. Lo que Yashim pudo ver de su rostro no era más que un hinchado cardenal, negro y morado, y varios oscuros coágulos allí donde la sangre se había secado alrededor de las heridas.

– Ha tomado un poco de sopa -susurró la monja-. Eso es bueno. Pero no podrá hablar durante muchos días.

Yashim difícilmente podía discutir con ella. Quienquiera que había atacado a su amigo había hecho un trabajo concienzudo. Su o sus identidades seguirían siendo un misterio, pensó, hasta que Giorgos se recuperara lo suficiente para hablar. La Hetira. ¿Qué significaba eso?

Mientras la monja lo acompañaba a través del pequeño patio, Yashim le contó lo que sabía sobre su amigo. Le dejó también una bolsita de monedas de plata y la dirección del café en Kara Davut donde podían localizarlo cuando Giorgos recobrara la conciencia.



13 из 294