
Sólo después de que la puerta se hubo cerrado a sus espaldas, pensó Yashim en advertirla de la necesidad de guardar discreción, cuando no un absoluto secreto. Pero era demasiado tarde, y probablemente no importaba. Para Giorgos, a fin de cuentas, el daño ya estaba hecho.
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Maximilien Lefèvre bajó ágilmente del esquife y anduvo por la estrecha calle guijarrosa, procurando evitar el canalón al aire libre que bajaba tortuosamente por la colina, en medio de la calle. De vez en cuando su recorrido aparecía bloqueado por una maraña de redes y nasas, dispuestas para ser reparadas; entonces saltaba sobre el canalón y continuaba por el otro lado, a veces agachándose para pasar por debajo de los salientes pisos superiores de las casas de madera, que se inclinaban en absurdos ángulos, como si el peso de las cuerdas de tender que había entre ellas las fueran arrastrando hacia abajo. Ancianas vestidas de negro de la cabeza a los pies se encontraban sentadas en sus escalones, sus regazos llenos de redes rotas. Las mujeres lo miraron con curiosidad cuando pasó.
Ortaköy era uno de la docena aproximada de pueblos griegos que se extendían a lo largo del Bosforo, entre Pera y las residencias de verano de los diplomáticos europeos. Allí estaban desde hacía ya dos mil años, y más aún… Cuando Agamenón reunió su flota, tal como cantó Homero. Los griegos del Bosforo habían tripulado los barcos que navegaron contra Jerjes, cuatro siglos antes de Cristo; habían transportado a Alejandro Magno a Asia cuando éste llevó a sus ilotas en sus legendarias campañas en Oriente. Un pachá otomano, recordó Lefèvre, explicó que Dios dio la tierra a los turcos… y a los griegos el mar. ¿Cómo podía haber sido de otro modo? Cuatrocientos años después de la conquista turca, los griegos seguían ganándose la vida con el mar. Habían navegado por esas aguas mientras los turcos aún andaban pastoreando sus rebaños por los desiertos de Asia.
