– ¿El doctor Lefèvre? Sígame, por favor. -Y, volviendo la cabeza, añadió-: Nos haremos cargo de su baúl.

Lefèvre se encogió de hombros: «A la prochaine

– Adio, m'sieur -replicó el marinero lentamente.

3

Aquella misma mañana, en el barrio de Fener, en Estambul, Yashim se despertó bajo un cálido rectángulo de luz solar y se incorporó, pasándose soñolientamente las manos por los rizos de su cabello. Al cabo de un momento, echó a un lado su manta korasiana y se deslizó del diván, metiendo sus pies automáticamente en un par de babuchas de cuero gris. Se vistió rápidamente y bajó a la planta, atravesó el bajo portal bizantino de la casa de la viuda y salió al callejón. Tras torcer por algunas calles, llegó a su café favorito, en la Kara Davut, donde el hombre que se encontraba en la cocina le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y puso una pequeña sartén de cobre al fuego.

Yashim se instaló en el diván que daba a la calle, bajo las salientes ventanas superiores. Deslizó los pies bajo su túnica. Y con ese gesto se volvió, en cierto sentido, invisible.

Ello se debía en parte a la forma en que Yashim seguía vistiendo. Habían transcurrido varios años desde que el sultán empezara a alentar a sus súbditos a que adoptaran la forma de vestir occidental: los resultados eran variados. Muchos habían cambiado su turbante por el fez rojo, y sus ropas holgadas por pantalones y la estambulina, una curiosa chaqueta como de frac de alto cuello, pero eran pocos los que llevaban botas con cordones. Algunos de los vecinos de Yashim en el diván parecían escarabajos negros de pies descalzos; todo codos y puntiagudas rodillas. Bajo una larga capa, entre rojo intenso y marrón, y una bata color azafrán, Yashim bien podía haber sido un pliegue en el tapiz que cubría el diván; sólo su turbante era deslumbrantemente blanco.



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