
Pero la invisibilidad de Yashim era también una cualidad de aquel hombre… Si es que «hombre» era la palabra adecuada. Había una inmovilidad en él: una firmeza en la mirada de sus grises ojos, una especie de fluidez en sus movimientos, o una soltura de gesto, que parecía desviar la atención, más que llamarla. La gente lo veía… Pero no se fijaba en él; y esta ausencia de bordes ásperos, esta particular renuncia al desafío o a la amenaza constituía su talento esencial, y lo hacía, incluso en el Estambul del siglo XIX, único.
Yashim no desafiaba a los hombres con quienes se encontraba; ni a las mujeres. Con su amable rostro, ojos grises, oscuros rizos, apenas afectado, a los cuarenta, por el paso de los años, Yashim era alguien que escuchaba; un tranquilo interrogador. Y no era un hombre completo. Yashim era un eunuco.
Se tomó el café apoyado en un codo, y se comió la çörek; al acabar, se limpió las migajas del bigote.
Decidió fumarse una pipa, dejó una piastra de plata sobre la bandeja y salió a la calle hacia el Gran Bazar.
En la esquina se dio la vuelta y miró hacia atrás, justo a tiempo de ver cómo el dueño del café recogía la moneda y la mordía. Yashim lanzó un suspiro. La moneda falsa era como veneno en las tripas, algo irritante de lo que Estambul nunca podía liberarse. Sopesó la bolsa y oyó el seco crujido de su fortuna susurrando entre las puntas de sus dedos. El sultán se estaba muriendo, y había amargura en el aire.
En la calle de los Libreros, Yashim se detuvo ante una tiendecita que pertenecía a Goulandris, un individuo que trataba con libros viejos y curiosidades. A veces tenía las novelas francesas a las que Yashim casi siempre sucumbía.
Goulandris miró fijamente a su visitante con su único ojo bueno e hizo rechinar los dientes.
