
Pero el eunuco… era bueno. Muy bueno. Goulandris veía a un caballero acomodado recién llegado a la mediana edad, su negro cabello ligeramente teñido de gris bajo un pequeño turbante, y que llevaba una blanda capa de color indeterminado. Goulandris creía que era capaz de descubrir todas las estratagemas que la gente usaba para despistar. La fingida indiferencia, el ejemplar añadido a última hora como si nada, y el impulso astutamente concebido y perfectamente dramatizado. Escuchaba lo que le decían. Observaba cómo sus manos se movían, y el parpadeo de sus ojos. Sólo el maldito eunuco seguía siendo un constante rompecabezas.
– ¿Está usted buscando algún libro?
Yashim levantó la cabeza de la página que estaba leyendo y miró a su alrededor. Por un momento, quedó desconcertado; había estado muy lejos, con Benjamin Constant, un escritor francés cuya pequeña novela ponía al descubierto las agonías del amor no correspondido. Adaptando su mirada ahora, se encontró en el familiar chiribitil del Gran Bazar, las paredes cubiertas de libros desde el suelo hasta el techo, la débil lámpara y al propio Goulandris, el librero, con su sucio fez gris, las piernas cruzadas en su taburete, detrás de un mostrador franco. Yashim sonrió. No pensaba comprar ese libro, Adolphe. Lo cerró suavemente y lo devolvió a su lugar en la estantería.
