
Yashim se inclinó, llevándose una mano al pecho. Le gustaba ese lugar, esa pequeña cueva de libros. Uno nunca sabía lo que podía encontrar allí. Goulandris, sospechaba Yashim, tampoco tenía ni idea. Dudaba de que supiera hacer algo más que leer y escribir en griego.
Y hoy, amontonados al buen tuntún con los libros de texto francos sobre balística, los viejos rollos imperiales que mostraban una bella tugra del sultán, los impenetrables tratados religiosos griegos, el puñado de novelas francesas con las que Yashim tanto disfrutaba… Allí, por curioso que fuera, un tesoro captó su atención. No estaba ahí el mes pasado. Y quizás no estaría al mes siguiente.
Medio sonriendo para sí mismo, cuidadosamente, alargó la mano y volvió a coger el ejemplar de Adolphe. Vaciló un poco en su tercera elección, escogiendo -al azar- algo francés, en tanto que no dejaba de sentir la mirada de Goulandris firmemente clavada en sus movimientos. Como sin darle importancia, o al menos así lo esperaba, Yashim lo deslizó bajo la pila cuando situaba los libros sobre el mostrador.
Goulandris se chupó los labios. No regateó ni ofreció argumentos. Se limitó a sugerir precios. A Yashim le costó reprimir un estremecimiento de decepción cuando Goulandris solemnemente valoró el tercer libro sólo un poquito más de lo que estaba a su alcance. Quedándose sólo con dos, alargó una mano y cogió el Adolphe. El librero miró con sospecha primero al libro que Yashim tenía en la mano y luego al libro de la mesa.
El libro de la mesa era más grueso. Había más escritura en él. Pero el libro delgado estaba en la mano del eunuco.
– Doce piastras -gruñó Goulandris colocando un dedo regordete sobre el libro que tenía ante sí.
Yashim hurgó en su bolsa. Devolvió el Adolphe a la estantería y, con un gesto de la cabeza hacia el viejo del sucio fez, Yashim salió a la calle de los Libreros, agarrando el volumen I de L'Art de la Cuisine française au 19me Siècle, de Carême, bajo el brazo.
