Al llegar al pie de la colina se dio la vuelta hacia el mercado.

Yashim vio al pescadero que contemplaba fríamente sus balanzas mientras pesaba una perca para una matriarca. Dos hombres regateaban por un puñado de zanahorias. El dinero falso alimentaba la sospecha, pensó Yashim. Y entonces volvió a sonreír, recordando a Giorgos en su puesto de verduras. Giorgos siempre tenía buenas ideas para la cena. Giorgos no tenía trato alguno con la sospecha. Giorgos era un viejo y obstinado griego y simplemente refunfuñaría y diría que el dinero era una mierda.

Miró hacia delante. Giorgos no estaba allí.

– Ya no va a venir, effendi -explicó un tendero armenio-. Alguna clase de accidente; al menos eso es lo que he oído.

– ¿Accidente? -Yashim se acordó del vendedor de verduras, con sus grandes manos.

El tendero volvió la cabeza y escupió.

– Vinieron ayer, y dijeron que Giorgos ya no vendría más. Uno de los hermanos Constantinedes, para hacerse cargo de su puesto, dijeron.

Yashim frunció el ceño. Los hermanos Constantinedes llevaban idénticos bigotes finos y estaban siempre en movimiento detrás de sus pilas de verduras, como bailarines. Yashim siempre había sido fiel a Giorgos.

– ¡Effendi! ¿Qué podemos hacer por usted hoy? -Uno de los hermanos se inclinó hacia delante y empezó a arreglar un montón de berenjenas con rápidos movimientos de la muñeca-.¡Fasulye hoy, al precio del año pasado! ¡Sólo por un día!

Yashim empezó a reunir sus ingredientes, Constantinedes pesó dos okas de patatas y las echó en el cesto de Yashim, colocando de nuevo el platillo sobre las balanzas con un floreo.

– Cuatro piastras, veinte-veinte-veinte-ochenta y cinco las patatas (cinco, oh, cinco) ¿y nada más, effendi?



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