
– Es una historia muy difícil de explicar, señor Winter. Sucedió hace tanto tiempo que a veces me parece un sueño. Pero no fue un sueño, señor Winter, sino una pesadilla. Hace cincuenta años.
– Adelante, señora Millstein.
– En 1942, señor Winter, mi familia (mamá, papá, mi hermano Hansi y yo) estaba aún en Berlín. Escondidos…
– Prosiga.
– Era una vida tan terrible, señor Winter… Nunca había un momento, ni un segundo, ni siquiera el tiempo entre dos latidos de corazón, en que pudiésemos sentirnos a salvo. La comida escaseaba, siempre teníamos frío y cada mañana, al despertar, lo primero que pensábamos era que tal vez había sido la última noche que pasábamos juntos. A cada segundo que transcurría el riesgo parecía aumentar. Un vecino podría sentir curiosidad. Un policía podría pedirte tu documentación. ¿Y si subías a un tranvía y veías a alguien que te reconociese de antes de la guerra, antes de las estrellas amarillas? Tal vez dirías alguna palabra, harías algo, cualquier detalle. Un gesto, un tono de voz, algo que te mostrase ligeramente nervioso, algo que podría traicionarte.
