
– Beba esto -dijo en el mismo tono que usaría con un niño enfermo-. Y después tómese su tiempo y explíqueme qué ha sucedido.
Sophie Millstein asintió, sujetó el vaso con ambas manos y bebió un buen sorbo del espumoso líquido marrón. Luego se apretó el vaso contra la frente. Simon Winter vio que los ojos se le humedecían.
– Me matará y yo no quiero morir -dijo de nuevo.
– Señora Millstein, por favor, ¿quién?
La anciana se estremeció y susurró en alemán:
– Der Schattenmann.
– ¿Quién? ¿Es el nombre de alguien?
Ella le miró con desesperación.
– Nadie sabe su nombre, señor Winter. Al menos nadie que esté con vida.
– Pero quién…
– Era un fantasma.
– No comprendo…
– Un demonio.
– ¿Quién?
– Era malvado, señor Winter, lo más malvado que se pueda imaginar. Y ahora está aquí. No lo creíamos, pero estábamos equivocados. El señor Stein nos previno, pero no le conocíamos, así que ¿cómo podíamos creerle? -Se estremeció visiblemente-. Soy vieja. Soy vieja, pero no quiero morir -susurró.
Él tomó su mano.
– Por favor, señora Millstein, tiene que explicarse. Cuénteme quién es esta persona de la que habla y por qué está usted tan asustada.
La anciana bebió otro trago de té helado y dejó el vaso en la mesilla.
