
– Pase, pase, por favor. Pero ¿qué ocurre?
Sophie Millstein entró temblorosa. Sus uñas se hincaron en el brazo de Simon Winter, su presa como la de un escalador a punto de caerse por un profundo precipicio.
– No puedo creerlo, señor Winter… -empezó vacilante, pero de pronto sus palabras cobraron velocidad y habló en un torrente de ansiedad-: Pienso que ninguno de nosotros lo creía de verdad. Parecía algo tan lejano… Tan imposible… ¿Cómo es posible que él esté aquí? ¿Aquí? No, simplemente parecía una locura, ninguno de nosotros lo creía. Ni el rabino ni el señor Silver ni Frieda Kroner. Pero estábamos equivocados, señor Winter. Él está aquí. Yo lo he visto hoy. Esta noche. Justo delante de la tienda de helados del Lincoln Road Mall. Salí y allí estaba él. Él simplemente me miró y, créame, le reconocí al instante. Sus ojos son como cuchillas, señor Winter. No sé qué hacer. Leo sí lo habría sabido, habría dicho: «Sophie, tenemos que llamar a alguien», y entonces habría encontrado el número enseguida, lo tendría a mano. Pero Leo se ha ido y yo estoy sola y él está aquí.
Miró desesperada a su vecino.
– Él también me matará a mí -añadió entrecortadamente.
Simon la acompañó hasta la salita del pequeño apartamento e hizo que se sentase en el vencido sofá.
– Nadie va a matar a nadie, señora Millstein. Ahora le serviré una bebida fría y luego me explicará por qué está tan asustada.
La mujer le miró como una posesa:
– ¡Tengo que avisar a los demás!
– Está bien, está bien. La ayudaré, pero por favor, beba algo y luego cuénteme qué sucede.
Abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin habla y no salió ningún sonido. Se puso la mano en la frente, como si se tomase la temperatura, y por fin dijo:
– Sí, sí, gracias, té helado, si tiene. Hace tanto calor… Algunas veces en verano parece que el aire vaya a arder.
Simon apartó la nota de suicidio y el arma de la mesilla auxiliar que había delante de la anciana y corrió a la cocina.
