El segundo voluntario levantó el hacha y titubeó. El conductor era el que estaba más cerca: trazó un círculo para asestar un golpe certero hasta que estuvo a menos de un paso de donde yo me escondía. Mientras así preparaba el terreno, vi que Vodalus arrancaba el cuchillo clavado en la tierra y lo volvía hacia la garganta del conductor. El hacha se alzó para asestar el golpe; agarré el mango justo por debajo de la cabeza casi sin darme cuenta, y me encontré en seguida en la lucha, pateando, y después golpeando.

Súbitamente, todo había terminado. El voluntario cuya arma ensangrentada yo sostenía, había muerto. El conductor de los voluntarios se retorcía a nuestros pies. El hombre de la pica había desaparecido; la pica estaba tirada en el sendero. Vodalus recuperó una banda negra caída en la hierba y envainó en ella la espada.

—¿Quién eres?

—Severian. Soy un torturador. O, mejor dicho, soy un aprendiz de torturador, señor. De la Orden de los Buscadores de la Verdad y la Penitencia. —Tomé aliento.— Soy un Vodalarius. Uno de los miles de Vodalarii de cuya existencia no sabe usted nada. —Era una palabra que yo mismo apenas había escuchado.

—Ten. —Puso algo en la palma de mi mano: una pequeña moneda tan pulida que parecía engrasada. Me quedé apretándola junto a la tumba abierta y miré cómo el hombre se iba. La niebla lo devoró mucho antes de que llegara al borde, y unos instantes después un volador afilado como un dardo chilló en el aire.

El cuchillo, de algún modo, había caído del cuello del hombre muerto. Quizá él mismo se lo había quitado en la agonía. Cuando me incliné a recogerlo, descubrí que aún tenía la moneda en la mano. Me la metí en el bolsillo.



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