La necrópolis nunca me pareció una ciudad de muerte; sé que las rosas purpúreas (que otros consideran tan horribles) cobijan centenares de pequeños animales y pájaros. Las ejecuciones que he visto, y las que yo mismo he llevado a cabo tan a menudo, no son más que un oficio, una carnicería de seres humanos que en general son menos inocentes y menos valiosos que el ganado. Cuando pienso en mi propia muerte o en la muerte de alguien que ha sido bueno conmigo, o aun en la muerte del sol, la imagen que acude a mi mente es la del nenúfar, con sus lustrosas hojas pálidas y sus flores azules. Bajo la flor y las hojas hay raíces negras delgadas que se hunden profundamente en las aguas oscuras, y que son tan delgadas y fuertes como cabellos.

Cuando éramos jóvenes nada pensábamos de esas plantas. Chapoteábamos y flotábamos entre ellas, las hacíamos a un lado sin tenerlas en cuenta. El perfume de los nenúfares contrarrestaba hasta cierto punto el hedor pestilente del agua. El día que salvé a Vodalus, me zambullí bajo un denso grupo de plantas como había hecho miles de veces.

Ya no subí. De algún modo, había penetrado en una región donde las raíces parecían mucho más gruesas que las que yo conocía. Estaba atrapado por un centenar de redes a la vez. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada, sólo la telaraña negra de las raíces. Me eché a nadar, y sentí que aunque mis brazos y piernas se movían entre millones de finos zarcillos, mi cuerpo no avanzaba. Los agarré a puñados y los desgarré, pero seguía tan inmovilizado como antes. Parecía que los pulmones se me subían a la garganta sofocándome, como si fueran a estallar. El deseo de tomar aliento, de absorber el oscuro fluido frío que me rodeaba, era abrumador.

Ya no sabía en qué dirección se encontraba la superficie y no tenía tampoco conciencia del agua como agua. No sentía ningún miedo, aunque sabía que estaba muriéndome, o quizá ya estuviera muerto. Un tintineo fuerte y muy desagradable me sonó en los oídos, y empecé a tener visiones.



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