El maestro Malrubius, que había muerto varios años atrás, nos despertaba tamborileando sobre el tabique con una cuchara: ése era el sonido metálico que yo había oído. Yacía en mi camastro incapaz de levantarme, aunque Drotte y Roche y los muchachos más jóvenes estaban todos de pie, bostezando y buscando sus ropas. La capa del maestro Malrubius cayó hacia atrás; pude verle la piel caída del pecho y el vientre donde el tiempo había destruido músculos y grasa. Tenía un triángulo de vello en el vientre, gris como el moho. Traté de llamarlo, de decirle que yo estaba despierto, pero no podía hablar. El maestro echó a andar a lo largo del tabique, golpeando siempre con la cuchara. Al cabo de un tiempo que pareció muy largo, llegó a la portilla, se detuvo y se asomó. Yo sabía que me estaba buscando en el Patio Viejo de abajo.

Pero yo no podía ver muy lejos. Me encontraba en una de las celdas, bajo el cuarto de exámenes. Estaba allí tendido mirando el techo gris. Una mujer gritó, pero no pude verla, y yo oía menos sus sollozos que el repetido tintineo de la cuchara. La oscuridad se cerró sobre mí, pero en esa oscuridad asomó el rostro de la mujer, tan enorme como la cara verde de la luna. No era ella la que lloraba; yo aún podía oír los sollozos, pero esta cara me pareció impasible, plena, en verdad de esa especie de belleza que apenas admite expresión. Tendió las manos hacia mí, e inmediatamente me convertí en un pichón que yo había sacado de su nido el año anterior, esperando poder domesticarlo y enseñarle a que se posara en mi dedo. Las manos de la mujer, tan largas como los ataúdes en los que a veces descansaba en mi mausoleo secreto, me atraparon, me llevaron hacia arriba y me lanzaron luego hacia abajo, lejos de la cara de ella, y del sonido de sollozos, abajo, a la negrura, hasta que di contra lo que tomé por el fondo de lodo e irrumpí a través de él en un mundo de luz bordeado de negro.



18 из 294