Aún no podía respirar. Ya no lo necesitaba, y el pecho no se me movía. Me deslizaba a través del agua, aunque no sabía cómo. (Luego supe que Drotte me había arrastrado tirándome del pelo.) En seguida estuve tendido sobre las frías piedras lodosas junto con Roche, luego Drotte, luego Roche otra vez, que me echaba aliento en la boca. Yo me encontraba envuelto en ojos, como en los repetitivos dibujos de un caleidoscopio, y creí que algún defecto de mi propia visión multiplicaba los ojos de Eata.

Por último me aparté de Roche y vomité grandes cantidades de agua negra. Después me sentí mejor. Pude sentarme y respirar otra vez de manera algo torpe, y aunque no tenía fuerzas y las manos me temblaban, era capaz de mover los brazos. Los ojos a mi alrededor pertenecían a gente real, los ciudadanos de los edificios de apartamentos de la ribera. Una mujer trajo un cuenco con algo caliente que beber; no supe si era sopa o té, sólo que era un líquido caliente, algo salado, y que olía a humo. Fingí beber y descubrí más tarde que tenía unas leves quemaduras en los labios y la lengua.

—¿Estabas intentándolo? —preguntó Drotte—. ¿Cómo has subido?

Yo sacudí la cabeza.

Alguien de entre la muchedumbre dijo: —Salió disparado del agua.

Roche me ayudó a mantener firmes las manos.

—Creímos que saldrías por otro sitio. Que nos estabas haciendo una broma.

Yo dije: —Vi a Malrubius.

Un viejo, un botero, a juzgar por sus ropas sucias de alquitrán, apretó el hombro de Roche.

—¿Ése quién es?

—Fue maestro de aprendices. Ha muerto.

—¿No era una mujer? —El viejo estaba aferrado a Roche, pero me miraba a mí.

—No, no —le dijo Roche—. No hay mujeres en el gremio.



19 из 294