
Todo esto ocurrió en la oscuridad y la niebla. Yo lo vi, aunque los hombres eran apenas unas sombras circundantes, como lo había sido la mujer con cara de corazón. Pero algo me conmovía. Quizá fuera la decisión de Vodalus, dispuesto a morir para protegerla, lo que hacía que la mujer fuese tan preciosa para mí; al menos eso fue lo que encendió mi admiración por Vodalus. Muchas veces desde entonces, cuando me he encontrado sobre una estremecida plataforma de la plaza de alguna ciudad mercantil con Términus Est en reposo ante mí y algún miserable vagabundo arrodillado a mis pies, cuando he escuchado en siseantes susurros el odio de la multitud, y he sentido lo que es mucho más difícil de aceptar, la admiración de los que experimentan una sucia alegría en el dolor y la muerte de los otros, he recordado a Vodalus junto a la tumba, y he levantado mi propia hoja, creyendo a medias que cuando la hoja cayera yo estaría luchando por él.
Perdió el equilibrio, como dije. En ese instante creo que mi vida entera osciló en la balanza junto con la suya.
Los voluntarios de los flancos se le echaron encima, pero él había conservado el arma. Vi relampaguear la hoja brillante, aunque su dueño estaba todavía en tierra. Recuerdo haber pensado qué maravilloso hubiera sido tener una espada semejante el día en que Drotte fuera designado capitán de aprendices, e identificarme de esa forma con Vodalus.
El hachero, contra el que Vodalus había lanzado el golpe, se echó hacia atrás; el otro avanzó con un largo cuchillo. Yo estaba de pie entonces observando la lucha por sobre el hombro de un ángel de calcedonia, y vi que el cuchillo bajaba, erraba por un pelo a Vodalus, que rodó de lado, y se hundía hasta la empuñadura en la tierra. Vodalus atacó luego al conductor, pero estaba muy cerca y la hoja era demasiado larga. El conductor, en lugar de apartarse, soltó el arma y aferró a Vodalus como un luchador. Se encontraban al borde mismo de la tumba… supongo que Vodalus había tropezado con los terrones excavados fuera.
