
La escasa media docena de participantes en este último caso del tribunal se levantó con respeto cuando el brehon, el juez, entró y se sentó en un extremo de la sala. Era una jueza, de unos veintitantos largos, y vestía hábito religioso. Era alta y hermosa, el cabello rojizo le caía por debajo del tocado. Resultaba difícil identificar exactamente el color de sus ojos, ya que unas veces parecían de un azul glacial y otras contenían un extraño fulgor verde, según el humor de la mujer. Su aspecto juvenil no encajaba con la idea general que se tiene de un juez sabio, experimentado y erudito, pero durante las últimas jornadas en que había examinado las pruebas de las diferentes demandas legales, esta mujer de aspecto juvenil había impresionado a los que comparecían ante ella con su conocimiento, lógica y compasión.
Sor Fidelma era, de hecho, una dálaigh cualificada, una abogada de los tribunales de los cinco reinos de Éireann. Había obtenido el grado de anruth, lo cual significaba que, además de poder defender un caso ante los jueces, podía formar parte de un tribunal y ejercer de juez en los casos que no requerían la presencia de un magistrado de mayor rango. Fidelma había sido elegida para presidir un tribunal en la abadía de Líos Mhór. La abadía estaba situada fuera de «la gran fortificación» que le daba nombre, a orillas de un impresionante río conocido sencillamente como Abhainn Mór, «el río grande», al sur de Cashel, en el reino de Muman.
El scriptorde la abadía, que hacía de secretario del tribunal y registraba todo, permaneció en pie mientras Fidelma y los demás se sentaban. Tenía un voz tan melancólica que a Fidelma le pareció que sería un buen plañidero.
– Comienza la sesión. Proseguimos con la demanda de Archú, hijo de Suanach, contra Muadnat de la Marisma Negra.
