Menma le levantó un poco la mano y luego la dejó caer.

– ¿Está muerto? -preguntó con voz hueca.

La figura que estaba junto a la cama continuó meciéndose y gimiendo. No levantó la mirada.

Menma dio otro paso y bajó la mirada impávido. Después se acercó, puso una rodilla en el suelo y tomó el pulso a su jefe en el cuello. El cuerpo ya estaba frío y como húmedo. Miró de cerca los ojos y bajo la luz de la lámpara, que ya no vacilaba, se dio cuenta de que éstos estaban fijos y vidriosos.

Menma se levantó y bajó la mirada con repulsión. Estuvo dudando; a pesar de lo que veían sus ojos, tenía que asegurarse de que Eber estaba muerto. Levantó un pie para darle un empujón al cuerpo con la punta de su bota. No se movió. Entonces levantó el pie y dio una patada al cuerpo. No, no estaba equivocado. Eber, el jefe, estaba muerto.

Menma se giró hacia la figura que seguía lloriqueando y que agarraba el cuchillo. Se echó a reír. De repente se dio cuenta de que él, Menma el caballerizo, iba a ser rico y poderoso como los primos a los que había envidiado toda su vida.

Todavía reía entre dientes cuando abandonó las habitaciones del jefe y se fue en busca de Dubán, el jefe de la guardia personal de Eber.

Capítulo II

El tañido profundo y abaritonado de la campana de la abadía convocó de nuevo a la corte. Aunque transcurrían las primeras horas de la tarde, la atmósfera no era cálida. Los muros de granito gris del edificio impedían que el sol entrara. La capilla de la abadía, que se había destinado a las vistas legales, estaba casi vacía. Sólo algunas personas habían tomado asiento en los bancos de madera. Hasta el día anterior, la capilla había estado llena a rebosar de demandantes, acusados y testigos. Pero esta tarde, el último de los casos del tribunal había quedado visto para sentencia. Los contenciosos anteriores ya se habían despachado.



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