
Abajo, en el valle, junto al oscuro y borboteante curso de un río, había un grupo de construcciones sin fortificar inmersas en la más absoluta oscuridad. Ningún perro se movía a esa hora, y todavía era demasiado pronto para que los gallos anunciaran la llegada del nuevo día. Ni siquiera los pájaros habían iniciado su coro del amanecer y todavía se cobijaban medio dormidos en los árboles de los alrededores.
Sin embargo, un ser humano se movía en aquella oscura hora; una persona se despertaba a esa hora de quietud en que el mundo parece muerto y desierto.
Menma, el caballerizo de Eber, jefe de Araglin, hombre alto y robusto con barba rojiza y densa y gran afición al licor, parpadeó y retiró la piel de zamarro de su jergón de paja. Un relámpago aislado iluminó su cabaña solitaria. Menma gruñó y sacudió la cabeza como si con esta acción fuera a eliminar los efectos de la bebida de la noche anterior. Tendió la mano hacia una mesa y buscó a tientas pedernal y yesca para encender la vela de sebo que había encima. Después se desperezó. A pesar de lo mucho que había bebido, Menma poseía una misteriosa conciencia del tiempo. Durante toda su vida se había levantado a las oscuras horas anteriores al amanecer, cualquiera que fuera la hora a la que se hubiera dejado caer en su cama borracho perdido.
Empezó su ritual matutino de maldecir a toda la creación. A Menma le encantaba maldecir. Algunos hombres empiezan el día con una oración, otros con las abluciones matutinas. Menma de Araglin comenzaba el día maldiciendo a su amo, el jefe Eber, deseándole todo tipo de muertes que su corta imaginación fuera capaz de concebir: asfixia, convulsiones, disentería, aplastado, envenenado, ahogado… Y cuando había agotado las maldiciones contra su amo, Menma continuaba maldiciendo su propia existencia, y a sus padres por no ser ricos y poderosos; por ser simples granjeros y, por tanto, predestinarlo a ser un humilde caballerizo.
