
Sus padres habían sido unos simples jornaleros en la alquería de su primo rico. No habían tenido suerte en la vida y Menma estuvo predestinado a una existencia servil. Era un hombre celoso y amargado, desdichado con su suerte.
Sin embargo, se levantaba de inmediato con la oscuridad de la madrugada y se vestía. Nunca se molestaba en lavarse o peinar la maraña de cabello rojizo que le descendía hasta los hombros y la gran masa de su barba. Un trago de corma, el aguamiel dulzón que siempre tenía en una jarra junto a su cama, era la única limpieza que necesitaba para enfrentarse a la jornada. El hedor de su cuerpo y de sus ropas indicaba a quienes se le acercaban lo suficiente que él y la limpieza eran incompatibles.
Menma se fue arrastrando hasta la puerta de la cabaña y echó una mirada fuera, parpadeando con los ojos vueltos hacia el oscuro cielo. El trueno seguía retumbando, pero él sabía instintivamente que ese día no iba a llover en el valle. La tormenta estaba al otro lado de las montañas y avanzaba sobre ellas de este a oeste, paralela al valle de Araglin. No iba a atravesar las montañas en dirección norte. No; el día iba a ser seco, aunque nublado y fresco. Las nubes ocultaban las estrellas y le impedían determinar la hora, pero, más que ver, intuía la pálida línea del amanecer justo por debajo de las lejanas cimas orientales.
El rath del jefe de Araglin todavía dormía envuelto en la oscuridad. Aunque no era más que un pueblo sin fortificar, lo correcto era llamar rath o fortaleza a la morada de un jefe.
Menma permaneció en la puerta y empezó a maldecir aquel día en voz baja. Le molestaba que todos pudieran seguir durmiendo y él tuviera que ser el primero en levantarse. Y cuando hubo maldecido el día, haciendo gala de su limitado vocabulario, siguió con Araglin.
Regresó un momento al interior de la cabaña, apagó la vela y empezó a caminar arrastrando los pies por el sendero que conducía hacia las cuadras del rey, pasando por entre los edificios en calma.
