No necesitaba ninguna vela, ya que había hecho ese camino a menudo. Lo primero que haría sería sacar los caballos a los prados, dar de comer a los perros de caza y después supervisar el ordeño de las vacas del jefe. Y cuando los caballos estuvieran en los pastos y los perros alimentados, las mujeres de la casa se despertarían y se ocuparían de ordeñar las vacas. El ordeño no era un trabajo de hombres, y Menma no se rebajaría a hacerlo. Pero recientemente se había producido un robo de ganado en el valle y Eber, el jefe, le había ordenado controlar la manada antes de cada ordeño. Que alguien se atreviera a robar siquiera una cabeza de su manada era una afrenta al honor del jefe. Eber se había enfurecido al enterarse de que unos ladrones de ganado amenazaban las pacíficas tierras de su clan. Sus guerreros habían recorrido la zona en busca de los culpables, pero sin éxito.

Menma se dirigió a la imponente silueta de la sala de asambleas, uno de los pocos edificios grandes y de piedra del rath. La otra construcción de piedra era la capilla del padre Gormán. Las caballerizas estaban en la parte trasera de la construcción redondeada, justo detrás del hostal de huéspedes. Para acceder a las cuadras, Menma tenía que tomar un sendero en curva que rodeaba los edificios anexos de madera y conducía a la mansión de piedra que albergaba las habitaciones del jefe del clan y su familia. Menma lanzó una mirada celosa a los edificios. Eber se quedaría roncando en su cama hasta después del amanecer.

Menma sonrió con lascivia detrás de su densa barba. Se preguntó si alguien estaría compartiendo el lecho con Eber esa noche. Luego frunció el ceño enojado. ¿Por qué Eber? ¿Por qué no él? ¿Qué tenía de especial Eber para poseer riquezas y poder llevarse a las mujeres a su cama? ¿Por qué el destino lo había hecho a él un humilde caballerizo? ¿Por qué…?



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