
Se detuvo a media zancada, aguzando el oído.
Ningún sonido en la oscuridad. El rath seguía durmiendo. Proveniente de arriba, alto en las lejanas colinas, el largo e interminable aullido de un lobo rompió el silencio. Pero no; no fue eso lo que lo había hecho detenerse. Había sido otro ruido. Un ruido que no sabía identificar.
Se quedó un rato más, pero reinaba el silencio. Estaba a punto de olvidarse de ese ruido, una broma del viento, cuando volvió a oírlo.
Un gemido suave.
¿Era el viento?
De repente Menma se arrodilló y se estremeció. ¡Santo Dios! ¿Era uno de los habitantes de las colinas? ¿La gente del sídh; los hombrecillos que buscan almas para llevárselas abajo, a sus cuevas oscuras?
Entonces se oyó un chillido brusco, no fuerte, pero lo bastante agudo para sobresaltar a Menma. El corazón le latía cada vez más deprisa. Entonces volvió a oír el quejido. Esta vez un poco más fuerte y sostenido.
Menma echó una mirada a su alrededor. Nada se movía entre las oscuras sombras de los edificios. Parecía que nadie más había oído el ruido. Intentó localizar su procedencia. Venía de los apartamentos de Eber. A pesar de lo etéreo del sonido, Menma lo identificó como de origen humano. Suspiró aliviado, ya que a pesar de tener una visión negativa del mundo, no era de buen agüero enfrentarse a las gentes del sídh si estaban decididas a robar un alma. Echó una mirada rápida a su alrededor. El edificio parecía a oscuras y tranquilo. ¿Estaba Eber enfermo? Frunció el ceño, no sabía qué hacer. Eber era su jefe, pasara lo que pasara, y Menma tenía un deber para con su jefe. Un deber que ni siquiera su amargura le impedía cumplir.
Se dirigió cautelosamente hacia la puerta de los apartamentos de Eber y golpeó con suavidad.
– ¿Eber? ¿Estáis bien? ¿Necesitáis ayuda? -preguntó en voz baja.
No hubo respuesta. Volvió a llamar, un poco más fuerte. Al comprobar que tampoco obtenía respuesta, se armó de valor y levantó el pestillo.
