La puerta no estaba bien cerrada, tampoco tenía que estarlo. Nadie lo hacía en el rath del jefe de Araglin. Entró. No le costó acostumbrar la vista a la oscuridad. La habitación estaba vacía. Sabía que Eber tenía dos habitaciones. La primera, en la que se encontraba, se llamaba «el lugar de conversación»; era la estancia donde el jefe recibía en privado a los huéspedes especiales. Detrás de esta estancia estaba el dormitorio del jefe.

Menma, al comprender que la primera estancia estaba vacía, se dirigió hacia la otra.

Lo primero que vio fue un resplandor por debajo de la puerta. Después oyó un gemido tras ella.

– ¡Eber! -gritó-. ¿Pasa algo? Soy yo, Menma, el caballerizo.

No obtuvo respuesta y el gemido no disminuyó. Se dirigió hacia la puerta y golpeó con fuerza. Dudó un momento y después entró.

Había una lámpara encendida sobre una mesita. Menma parpadeó rápidamente para acostumbrar la vista. Se dio cuenta de que había alguien arrodillado junto a la cama, en una postura encorvada, balanceándose de atrás hacia delante y gimoteando. Ahí estaba el origen del sonido quejumbroso. Advirtió que aquella figura tenía unas manchas oscuras en las ropas. Entonces abrió más los ojos. Eran manchas de sangre y algo destellaba y resplandecía bajo la luz de la lámpara, algo que la persona tenía agarrado en las manos. Era una daga larga y afilada.

Menma se quedó inmóvil un momento, fascinado por aquella visión. Entonces se dio cuenta de que había una segunda persona en la estancia. Alguien yacía en la cama junto a la figura arrodillada y gemebunda.

Menma dio un paso adelante.

Echado sobre la cama, desnudo y enredado en el cubrecama, estaba el cuerpo ensangrentado del jefe Eber. Tenía una mano detrás de la cabeza. Sus ojos, bien abiertos y con la mirada fija, parecían tener vida bajo la luz vacilante de la lámpara. El pecho era un amasijo de heridas sangrantes. Menma había visto suficientes animales sacrificados para reconocer las heridas y los desgarramientos irregulares causados por un cuchillo. Habían hundido el arma frenéticamente una y otra vez en el pecho del jefe de Araglin.



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