La mujer asintió. Con dos breves movimientos suyos, la imagen de la pantalla ofreció una toma más lejana de Rob Merlin.

—La dejaré así para Caliban. ¿Alguna idea nueva sobre cómo ponerme en relación con Merlin?

—No. Es asunto tuyo, no mío. Hazlo apenas puedas. Necesito regresar a la base, y no quiero permanecer aquí más de lo necesario.

La mujer se sacudió el pelo castaño de la cara y volvió a escudriñar el visor.

—Lo abordaré lo antes posible, pero no sé cuándo. Habría tenido una razón para acercarme a él si hubiera tenido dificultades en el ascenso, y puedo hacerlo si tiene algún problema en el descenso. De lo contrario, querrá cubrir las partes difíciles solo, de eso estoy segura. Si todo va bien, no nos esperes hasta dentro de, por lo menos, tres días.

—¡Tres días! —La voz cascada sonó impaciente—. ¿Por qué tanto tiempo? Está en la cumbre, ¿no? ¿No era eso lo que quería?

—Sí. —La mujer parecía divertida—. Y querrá bajar solo, también. Si trato de abordarlo ahora lo más probable es que me eche. Ésa es mi opinión. Pregúntale a Caliban, si no me crees.

—Ya lo he hecho. —La voz parecía suavizada—. Pero no hemos entendido el mensaje. Le pediré a Joseph que lo intente otra vez, pero dudo que obtengamos nada nuevo.

Mientras hablaban, Rob Merlin se puso de pie, se ajustó la máscara y emprendió el ascenso hasta la cumbre de K-2. Al llegar se quedó allí apenas un par de minutos, una figura diminuta parada en la cima del mundo. Al volverse para comenzar el trabajoso descenso, toda su atención se centraba en las inclinadas paredes de hielo y las grietas debajo de él. Bajaban y se doblaban en una complejidad que mareaba, hasta llegar al punto donde Rob había planeado descansar, mil doscientos metros más abajo. Era crucial una atención absoluta. A esa altura y a esa presión, el hielo ennegrecido se sublimaría al calor del sol antes de derretirse, a menos que tuviera la fuerza del peso del hombre sobre él. Con ese peso, cada paso era peligroso.



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