Robert Merlin no la habría visto aunque hubiera tenido algún motivo para mirar hacia el disco enceguecedor, pues sus antiparras fotocromáticas se habrían oscurecido demasiado y él no habría distinguido más que el mismo sol. El piloto había puesto el control automático mientras ajustaba la lente de aumento electrónica del telescopio. Cuando corrigió el foco, la figura de Rob Merlin, como una hormiguita, apareció de pronto en la pantalla. Estaba inclinado hacia adelante, para equilibrar el peso de la mochila que llevaba a la espalda. Bajo las ropas térmicas, el cuerpo parecía robusto, con amplias espaldas y mucho músculo. La mujer lo observó en silencio mientras él comía su sencillo menú.

—Está en el último tramo —dijo ella por fin—. Lo que falta no es difícil por eso se ha detenido a comer aquí. No creo que se quede mucho tiempo en la cumbre; querrá tener buena luz para descender, sobre todo al atravesar esa grieta seiscientos metros más abajo. ¿Quieres que lo mantenga enfocado?

Hubo un silencio de varios segundos. La voz que por fin se oyó por el altavoz era áspera y grave, como si las cuerdas vocales estuvieran gastadas.

—Sí. Tengo a Caliban en el circuito, y necesita todo, lo auditivo y lo visual. ¿Puedes ampliar más la imagen? Quiero verle mejor la cara.

La mujer asintió. Movió un mando y enfocó la cabeza y los hombros de Rob Merlin. Se oyó un gruñido por el altavoz.

—Ya entiendo lo que querías decir. Se le ve muy tranquilo. Ojalá pudiera verle los ojos.

—A esta altura no. Llevará los anteojos puestos todo el rato. Hay demasiadas radiaciones ultravioleta. Pero te diré cómo son. Igual que la cara: parecen una tela en blanco esperando a que alguien pinte algo en ella.

—Qué poético, pero nada preciso. —La voz sonó burlona, cascada—. Supongo que puedo esperar a que baje a menos de seis mil metros para verlo con mis propios ojos. Ya puedes reducir la imagen.



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